5 relatos cortos que se quedaron en las primeras frases

La última vez que vi a Juan, esta mañana, olía a pan y a muerto.

No a cadaver, ni a velatorio, ni a ese aroma que dejan los productos de embalsamar.

Era algo más sútil, como una mezcla de sudor nuevo y miedo antiguo.

Estaba recien duchado. Pero eso no enmascaraba el olor.

Apenas había atisabado la contradicción entre el pan recien hecho y el final absoluto que supone la muerte.

No me he dado cuenta hasta ahora. Contemplando su cadaver. Miro sin ver. Esperando tener una visión que me explique porqué yace en la camilla. He notado que su olor ha cambiado. Apenas percibo el olor del vodka que empapaba su ropa y el tenue perfume de su jabón de ducha. Nunca ha usado gel. Siempre pastillas. Eso le daba un olor tan especial.

______________________

Que tu primer día de trabajo termine haciendo horas extras para descuartizar el cadáver de tu jefe solo puede traerte problemas con la empresa.

 

No es que se lo mereciera, pero tampoco hacía muchos méritos para evitarlo. Es una impresión un poco sesgada, apenas lo conozco y ya no podré ahondar en su personalidad.

 

Y la camisa nueva, que me la estoy poniendo perdida. A ver como se lo explico a mi madre. Con lo que es para las manchas.

 

En realidad, este señor no es mi jefe-jefe. Mi jefe-jefe es el tipo que está a mi lado resollando y mascullando “la que hemos liao, la que hemos liao”. Este es el jefe de mi jefe-jefe. Él lo llama “el joputa este”. Yo a él lo llamo el Jabalí.

 

Hay días en los que más vale no levantarse de la cama. Es una frase hecha tan común, que apenas le damos importancia. Seguro que cualquiera de nosotros tres lo está pensando en este momento, bueno, “el joputa este” no está para pensar, pero seguro que estaría de acuerdo.

 

Un trabajo fácil. Decían. Media jornada. Decían. Casi como ser funcionario. Decían.

 

El Jabalí es amigo de mi padre. Se llama Fausto, pero todos le llaman Faustinico. Medir casi dos metros y ser más gordo que alto no combina bien con el diminutivo.

 

Al parecer, un día llamó su abuela preguntando por él y descolgó el teléfono “el joputa este”.

Eso me ha contado la chica que me ha atendido esta mañana. O eso he creido entender, entre medias palabras, miradas y guiños.

 

Yo llevo todo el día llamándole señor, para evitar problemas.

 

Y después de ver como se las gasta, seguiré llamándole señor.

__________________________

El lado derecho de la cabeza latía de forma desacompasada. Los brazos, tanto tiempo inmóviles y aplastados, no respondían a sus intentos de moverse. No notaba las piernas.

Abrió los ojos cuando el dolor resultaba insoportable. El reducido campo de visión que tenía su ojo izquierdo y la oscuridad de la noche no permitían distinguir nada. Su ojo derecho estaba cubierto con un plaste en el que se mezclaba su propia sangre con sudor, arena y restos humanos.

Volvió a intentar abrir los ojos.

Sentía mucho calor en la espalda y había mucha claridad. No recordaba haber perdido el sentido.

El olor, a salitre y descomposición era insoportable. Se escuchaban ruidos, animales disputándose las vísceras de los cadáveres.

Recordaba el desembarco. La emboscada en la que habían caído y la lucha, interminable. No en ese orden. Los recuerdos tomaban forma, se confundían con otros y perdían el sentido.

Quizá estoy muerto, pensó, nunca he estado muerto y no sé que se siente. Pero si esto es el Walhala, los vikingos tenemos un sentido del humor que es una puta mierda.

Los agudos dientes clavándose en su muslo devolvieron la vida a sus extremidades. La penumbra y la falta de movilidad de sus brazos permitíó que el zorro escapase.
___________________________________

No es fácil llamarse Íñigo Montoya.

No es fácil llamarse Íñigo Montoya y ser espadachín.

No es fácil llamarse Íñigo Montoya y ser espadachín y pasarte toda tu vida buscando al asesino de tu padre.

No es fácil, porque me llamo Íñigo Montoya.

Vivo en la Madalena.

Y mi padre es un señor de sesenta años, que trabaja en la  Balay y con una salud de hierro. La única posibilidad que tiene de morir es ahogarse en la fuente de la Plaza de España celebrando que el Zaragoza vuelve a primera. Así que tengo padre para años.

Llamarme Íñigo Montoya solo ha servido para que mis compañeros del colegio me tomen el pelo. Y para descubrir el florido vocabulario que exhiben, a la hora de buscar rimas fáciles e hirientes, justo quienes tienen menos facilidad de expresión.
_________________________

El plan era bastante bueno, con lagunillas, pero en general bastante bueno.

Quizá no habíamos valorado que entrar al establecimiento disfrazados de escoceses iba a resultar llamativo.

Tampoco habíamos podido ensayar, siempre teníamos algo mejor que hacer; comprar armas, planchar el kilt… todo importantísimo.

Nos habíamos prometido no hacer daño. A nadie.  Pero el frenesí del momento nos pudo.

Cuando encañoné a la dependienta con una dulzaina nadie entendía nada.

El desconcierto se agravó mientras buscaba la pistola.

Mi hermano comenzó a forcejear con un niño por una moneda de cinco duros.

Cuando conseguí encontrar el arma mi hermano estaba tirado en el suelo sujetándose la entrepierna mientras el niño le lanzaba puntapiés a las costillas.

Mi primer maratón Chispas.

Ayer corrí mi primer maratón.

Hoy, con la adrenalina un poco más sosegada, y empezando a sentir las piernas, voy con la crónica.

Tenía pensado correrlo a los 50, por aquello de los números “especiales”, pero tuve una oportunidad y me acordé de una frase que siempre decía mi abuela: hazlo ahora, que hay muertes repentinas.

En algún momento de la carrera, cuando entras en modo Hamster en la rueda y dejas que tus piernas vayan solas, me planteé qué coño estaba haciendo, un domingo por la mañana, enfrentándome a una prueba larga y dura.

Ese momento en el que la cabeza vuela, vienen los recuerdos.

Empecé en 2013. Me estaba poniendo muy fondón, y Marisa me regaló unas zapatillas de correr. Un regalo de cumpleaños casi envenenado.

Y empecé a correr. Si Lucas se denomina corredor “gordaco” ( y barefooter) yo también puedo (incluso descalzo, poco, que tengo los pies tiernos).

Y Mariano que me hizo de liebre en mi primera carrera seria, y casi me desfonda, pero consiguió que me picara el gusanillo.

Y conocí al equipo Pikolín, un gran grupo para entrenar. Aprendí a hacer series, a tomarme lo de correr en serio.

Y con ellos conocí a Kike. Un gran tipo.

Tan grande que ayer me permitió compartir carrera con él.

Tan grande que cuando mi hija se acercó para entrar a meta con nosotros se quedaba un paso atrás.

Tuve que cogerle de la mano para entrar con él. 42.195 metros compartidos. 4 horas y diez minutos corriendo juntos. Teníamos que entrar juntos en meta.

Nuestra primera maratón.

 

No soy valiente. Soy estalentao.

Ayer me volvieron a decir que era un valiente por mi manera de afrontar la enfermedad.

La primera vez me lo dijo mi prima, poco antes de la operación. O poco después, no importa mucho.

Ayer me lo dijo una amiga. Le tienen que hacer unas pruebas, y, aunque la conversación fue mediante mensajes de texto, noté su preocupación.

Y me dijo que consideraba que yo era un valiente.

Creo que ambas se equivocan. De hecho soy bastante cobardica.

Pero es muy fácil parecer valiente.

Lo cuentas en redes, para recibir el apoyo de la gente. Y lo recibes, multiplicado. Hasta de quien no imaginas.

Y como ya lo has contado, evitas conversaciones molestas. Molestas, sí. Porque son molestas. El boca a boca funciona, y si hablas con alguien que ha oído algo, tienes la sensación de que quiere preguntarte pero no se atreve. O te ves en la obligación de contarlo todo. Y no siempre apetece. Y no siempre tienes el cuerpo, y la voz, y las emociones preparadas.

Te escudas en el humor. Eso lo hace llevadero casi todo.

Es un humor ácido, te ries de todo, llegas a escandalizar. Pero si yo me río no dejo posibilidades al dramatismo. Quien quiera compadecerse de mi (y hay gente que hace del compadecimiento y el drama una forma de vida) que salga llorado de su casa.

Tomarte la enfermedad con humor te ayuda a pensar en ella de forma diferente. Estás continuamente haciendo ejercicios mentales. Sobre todo para los que tienes cerca. No es bueno contar el mismo chiste continuamente.

Y parece que eres valiente. Hablas abiertamente de un tumor, de un cáncer. Y te ries de tu enfermedad. Y desdramatizas.

Y no es valor. Aunque lo parezca.

Desde el primer momento asumes que lo peor que puede pasar es que te mueras.

Ese sería un resultado bastante malo. Pero es un resultado muy cómodo. Dejas los papelicos arreglados. Y ya está.

Sabes que cuando se acerque el momento tendrás dudas, y lo pasarás mal. Pero no puedes hacer más.

Naces, creces, te reproduces y se te lleva un puto cáncer por delante. “Ha luchado hasta el final”. “Era un valiente”…

No, yo no soy un valiente. Ni lo hubiera sido.

Valiente ha sido Marisa. Que me ha acompañado a las pruebas. Que ha estado a mi lado continuamente. Que es capaz de anteponer mi bienestar a su puesto de trabajo.

Valiente es ella. Que se quedaría con un vacio. Con dos hijas pequeñas a las que tendría que dar explicaciones. Con un montón de armarios llenos de ropa. Con un montón de recuerdos. Que perdería miradas cómplices. Y chistes manidos pero que aún arrancan una risa. Y que pese al panorama, no flaqueó en ningún momento.

La valiente es Marisa. Que no se ha dejado arrastrar por el dramatismo. Que ha mantenido la sonrisa. Porque sabía que me hacía bien. Aunque por dentro todo fueran preocupaciones y dudas.

Y yo, lo único que hacía, era parecer valiente.

Pero por no desmerecer de ella.

Por suerte, todo se ha resuelto bien. Y os puedo decir que no, que yo no era el valiente.

Mind’s power

Lo curioso del cuerpo humano es esa ligera disociación entre física y psíquica.

Da igual lo fuerte que sea nuestra mente, si el cuerpo no puede responder al esfuerzo que se le exige, sucumbirá.

Y viceversa, un cuerpo muy fuerte puede hundirse si la mente no cree en sus capacidades.

En mi caso está todo “desordenao“.

El cirujano me dijo que hiciera vida normal, y yo, por vida normal, entiendo lo mismo que hacía antes de la operación; correr veinte kilómetros, pegarme una “panzá” de monte, vamos, lo normal.

Pero se me generó la dicotomía. La cabeza me pedía más y el cuerpo me respondía. Y entró la tercera en discordia, la prudencia. “Descansa. Baja el ritmo. Déjalo para mañana. No fuerces tanto…” ¡Qué pelma es la pobre conciencia!

Y en esas estaba peleando física y psíquicamente contra mi prudencia cuando me hicieron una oferta: “no voy a correr mañana la del Roscón, ¿quieres el dorsal?”. Mi cuerpo dijo . Mi cabeza dijo . Y mi prudencia dijo… ¿qué dijo? ¿Quién quiere escuchar lo que dice la prudencia, cuando puedes correr una 10k?

Vale que hace apenas un mes que he salido del quirófano. Vale que llevo desde octubre sin entrenar. Vale que no las tenía todas conmigo. Pero…

10 kms en menos de una hora. Con buenas sensaciones. Con fuerzas para apretar en el último mil.

Y la alegría de entrar en meta con mi amigo Pacheco. (Si no es por sus problemas gástricos no lo consigo).

Para empezar el año haciendo vida normal.

 

Decir las cosas.

Cuando conté mi dolencia (¿A que así parece menos?) en Facebook algún amigo me dijo que era un poco bruto. Que había dado un revolcón al sistema. Que había quien se había dado cuenta de que todo no era Candy crush y fotos de gatetes.

Lo cierto es que lo hice con dos motivos.

El primero, el lógico. Avisar en una sola vez a todos mis amigos. Contárselo a la familia ya me agotaba bastante y se me hacía muy cuesta arriba.

El segundo, el experimental. Si puedo decir que estoy resfriado puedo decir que tengo cáncer.

No sé si alguien se habrá molestado. No me lo han hecho saber. Pero tampoco me preocupa mucho. Si así ha sido, lamento su desapego de la realidad.

Operación

OPERACION

Llegó el día, no por esperado menos temido.

Ingresas por la mañana e intentas mantener la compostura hasta el momento de quedarte sólo.

Intentas dormir, pero no puedes.

Y al final vomitas. Por nervios, no por otro motivo.

Y te quedas descansado.

Y duermes mal.

Y te despiertas, te desnudas, te llevan a una sala llena de enfermeras, muy amables.

Y estás desnudo en una camilla.

Y la anestesista también es muy amable.

Y te despiertas en la misma sala de antes, o una parecida. Más vestido, pero no menos desconcertado.

Y te llevan a tu habitación. Me ha tocado individual y con terraza.

Y no puedes moverte. Y no quieres moverte.

Y tienes un trozo de intestino menos. Y tienes cuatro incisiones más.

Y vuelve el run-run.

Y el cirujano pasa y te dice que ya está hecho, que ahora todo a mejor.

Y, por fin, quince días después ya no tienes grapas, ni casi dolores, y has vuelto a comer de todo.

Y, aún así, hay días en los que pienso que, en realidad, no ha pasado. Que no era yo el de los puntos, ni el del tumor.

Y seguimos poniendo buena cara, porque, al menos, he tenido la suerte de un diagnóstico rápido.

Aneto, arista sur

Todos, en algún momento de nuestra vida nos hemos hecho la misma pregunta; ¿qué coño hago, en una repisa pequeña, haciendo palanca con el piolet para sacar un empotrador del que me han dicho “no te fíes que se sale solo”?

Y si alguien no se ha hecho esa pregunta todavía, debería hacérsela, o ponerse en la situación adecuada.

En mi caso la situación adecuada parece un chiste: Van un valenciano, uno de Madrid, un maño, uno de Garrapinillos y un suizo haciendo una cordada china…

Que traducido significa: van cinco tíos, se atan con cien metros de cuerda y se lanzan monte arriba prometiéndose unos a otros que no se van a caer.

Cómo me gusta la épica. Y meterme en todos los charcos.

Ramón
Este es Ramón, no os fiéis, detrás de su aspecto bonachón se esconde un tipo que desgasta los pies de gato.

 

Porque Ramón, este, el de la foto, el que se parece al Bridwell, te lía…

Y te enseña una foto de un libro sobre el Aneto, y hace comentarios, y entre bromas y bromas, terminas en un coche abarrotado, rumbo a Benasque, con poca comida y menos talento. Porque, y esto es muy importante, sigues sin tener muy claro dónde te estás metiendo pero confías en tu pericia para evitar males mayores, o para provocarlos, que esto del monte te pilla un poco desentranadete.

 

 

 

A ver, que tampoco es que sea la primera vez que vamos al monte, que estamos concienzudamente preparados.

Hemos pesado nuestro equipaje improvisando una báscula con un piolet, un dinamómetro y una tubería.
Hemos pesado nuestro equipaje improvisando una báscula con un piolet, un dinamómetro y una tubería.
Y luego hemos cargado el coche hasta las trancas pasando de pesos y de lógica.
Y luego hemos cargado el coche hasta las trancas pasando de pesos y de lógica. Somos muy ordenados, siempre que haya caos.

 

 

 

 

 

 

 

 

LLegamos a nuestro campo base, Senarta y conseguimos vaciar el coche y el tuper de croquetas. Empezaba lo duro, caminar.

¿Te imaginas? ¿Llegar a una montaña y empezar a escalar?

Esta despejado, durmamos aquí, en medio del prado. Juguemos, de paso a la esponja rusa, a quien se le moje el saco, tendrá que fregar los platos.

 

Al pie de la pista teníamos dos opciones, autobús o caminar.

Una ojeada a las tarifas nos dió la solución: ¿por qué gastarnos una pasta en llegar descansados si tenemos todo el día por delante?

Y eso hicimos, calzarnos y tirar p’arriba.

Como el refugio estaba “petao” de gente decidimos alargar el paseo media horica más, que quien dice media, dice una, para alcanzar una cabaña más cerca de nuestro objetivo.

La cabaña no existía, la meteo se comportó como era previsible y, pese a las fundas de vivac, los cinco cuerpos tirados en medio de un prado estaban convertidos en cuatro cuerpos humedos y uno sintiéndose Bob Esponja.

Retirada, desandar camino y confiar en el sol para secar nuestras pertenencias. Por fortuna en el refugio estaba un amigo que bajaba. Nos prestó un saco y se llevó bastante del peso que acarreábamos. Ya habíamos decidido ir más ligeros.

Día de secado, reposo, ascensión al Culebras, que estaba cerca y preparación mental para el Aneto.

Bajo techo y cenados, el refugio se convirtió de repente en la Puerta del Sol en nochevieja. Otra tormenta sacó de sus tiendas a un grupo de boyescaús (tengo un permiso firmado por Baden Powell para decirlo así) y los atrajo a la seguridad de un techo.

Lamentablemente la tormenta no fue ni tan larga ni tan terrible como esperábamos, así que, a las seis de la madrugada estábamos desayunando en la puerta del refugio, evitando mirarnos a los ojos y diciéndo todos: “¡Bueno, pues vamos, ¿no?” “sí, sí”. Pero sin movernos mucho, por si acaso alguno se movía y había que seguirle.

Como en todos los grupos en este también hay un nervioso, cinco en realidad, así que ahí estamos, en marcha, con las galletas a medio masticar.

¡Por ahí, creo!_opt
¡Por ahí, creo! ¿Seguro? No sé, todas estas piedras son iguales.

Los días previos ya nos habían dado avisos; que va a hacer malo, que habrá niebla… Pero ni por esas. Aprovechando los escasos momentos despejados intuímos la ruta y enfilamos hacia ella.

Danko_opt
Danko con cara de “me he venido al monte con unos psicópatas”
formales y ordenados_opt
Formales y ordenados, para la foto.
alex_opt
Alex se está planteando las ventajas de practicar natación sincronizada.
Tú haz como que sabes_opt
Comienza la “cordada china”.

Entramos a la vía, propiamente dicha y llevamos a cabo el plan, meditado y sopesado: “la Cordada China”.

Ramón abre vía con todo el hierro que puede acarrear encima. Irá poniendo cacharricos y ganchetes donde considere necesario hasta que se acabe el material.

Yo voy asegurando y el resto del equipo va saliendo cada pocos metros detrás de Ramón.

Cuando la cuerda esté tensa, recojo reunión y voy recuperando hasta que alcance la cabeza de cordada.

Teniendo en cuenta que nos hemos atado con algo más de cien metros de cuerda y que es una vía de III, hay muchas posibilidades de que pasen una de dos cosas: se acaba el material y no nos enteramos por la distancia; Ramón se lía a subir y terminamos llegando a cima en un solo largo.

torreón_opt
Una pequeña idea de la inmensidad del itinerario, de la montaña, de lo alto que estábamos y del rato que llevábamos sin comer. Que esto último no se nota en la foto, pero era verdad.

Pese a nuestras peores previsiones, nos comportamos como montañeros y vamos siguiendo los pasos previstos con una cierta soltura.

Ramón monta reunión, yo recupero material, se lo paso, me dice que si no lo puedo recoger un poco ordenado, le digo que soy un hombre y solo puedo hacer una cosa a la vez y o paso miedo o me preocupo por la estética…

it's a little place in the world_opt
A little place in the world. Aquí pasaré más rato peleando con un fisurero que asegurando, y estuve mucho rato asegurando.
mordor_opt
Creemos que alrededor nuestro hay algo, pero preferimos no saberlo.
cumbre solitaria_opt
Cima, por fin. Y, solos en ella. Quizá el viento y la hora eran motivos suficientes, pero ¿cuánta gente puede decir que estuvieron solos en la cima del Aneto?
Santi_opt
El descenso siempre es un buen momento para una pequeña teórica de alpinismo. El piolet barandilla. Técnica que, en este momento, solo conocen dos personas. Y el otro debe tener 100 años.
Chiqui_opt
No se puede terminar una ascensión sin un baño en pelotas. Bueno, eso dice Chiqui, y nosotros, como buenos alpinistas clásicos consideramos que con uno que se bañe, nos hemos bañado todo el equipo.

Interesante “expedición”, con el grado justo de compromiso y soledad.

Dos primeros Anetos que ya les gustaría firmar a muchos para Danko y Chiqui.

Un segundo para Alex que le demostró que cualquier vía es mejor que la normal.

Un descenso más del Paso de Mahoma para Ramón, que es, de momento la única persona que conozco que lleva tres descensos por ahí y ningún ascenso.

Y para mí, pues un Aneto diferente después de muchas normales y la recuperación del gusto por la altura y las cuerdetas.

En casa, la peque me dijo: Papá, eso de escalar no, pero subir montañas así como vosotros sí que me gusta.