Nada y un poquito.

Dice el tanguista “… que veinte años no es nada…”, y me hace pensar. ¿Entonces, qué son veinticinco?  Nada y un poquito. (En realidad son nada y un lustro para los de letras y nada y un cuarto para los de ciencias).

¿Que por qué la metafísica, si tengo la inteligencia justica para pasar el día?

Porque hace veinticinco años que terminamos “el colegio”. Bueno, los que aguantaron hasta COU. Pero, aún así es un número bastante redondo (impar que implica un cuarto de siglo y casi media vida), así que, aprovechando que el Huerva pasa por Cadrete, (y que una excusa para juntarte con amigos no se puede desperdiciar) se hizo lo más lógico para uno de Zaragoza (lo bueno se pega): “¿A que no juntamos a los del colegio?”

Y con tesón (cabezonería), insistencia (cabezonería), paciencia (cabezonería) y algunas virtudes más que se resumen en cabezonería, consiquieron que nos juntáramos una pilera de cuarentones que habíamos compartido quince años de tizas, aulas y pupitres, gomas de nata y sacar punta en el cesto. Gracias Sergio. Gracias Pedro. Gracias a todos.

Cuando recibí la invitación, mi primer sentimiento fue de desconcierto: ¿25 años, entonces tengo…? ¡Jodo! ¿Tantos?

El reencuentro, la visita al colegio, los profesores… traen recuerdos.

Cuando hace treinta y siete años traspasábamos, por primera vez,  aquella puerta negra, inmensa, inponente, que franqueaba la entrada al patio del colegio. De esa puerta siempre me llamaron la aténción las letras mayúsculas, pintadas de blanco, que rezaban “HH. MARISTAS” (tardé muchos años en saber que significaban las dos haches).

Recuerdo el pasillo que conducía a primero de EGB, un pasillo en el que perderíamos muchos recreos intentando comprar un panel, o una goma o vaya usted a saber qué en esa suerte de economato que consistía en una ventanilla y un mundo interior que se me imaginaba fantástico, lleno de objetos indispensables para la vida cotidiana. Aunque, ahora que lo pienso, el que atendía aquel cubículo no se levantaba de la silla. Igual no era tan grande.

La puerta principal y la escalera de marmol. Vetados, territorio prohibido. Salvo cuando llegabas tarde y tenías que justificar tu retraso con Félix, el portero, daba igual que vinieras del médico o de enterrar a tu abuelo, su mirada te hacía sentir culpable por no aprovechar cada minuto en el colegio.

El patio, que nos parecía grandísimo, con esas vallas apiladas en un rincón a las que no nos dejaban subir y de las que no nos bajábamos.

Había dos tipos de alumnos en el patio, los que hacían deporte y los que no. Un curso, Don Javier, joven e idealista, decidió que la manera de que todos hiciéramos ejercicio era obligarnos a jugar al Marro. Bueno, consiguió que muchos odiasemos los juegos de equipo.

Los urinarios, en los que nos agolpábamos al principio del recreo. Hasta que descubrías que la manera de evitar que alguien te meara en la pierna era esperar a medio recreo.

Nuestros primeros pinitos en el escenario de la mano de la Srta. Charo. A algunos nos dejó poso artístico y otros descubrimos que, en realidad, éramos unos payasos.

El salón de actos, con butacas de madera. Donde los viernes veíamos películas de los Hermanos Marx(istas).

El miedo que le teníamos a D. Ramiro,  y el descubrimiento de zonas “prohibidas” (dentro y fuera del colegio; como los futbolines del coso, con el excalextric más grande del mundo, la calle Zaporta, que ya no es lo que era) . .. Lo cierto es que años después se cerró el círculo, y volví al mismo colegio, reconvertido en Mixto 4. Jugué a voleybol en la capilla donde hice la comunión. Ví a los Golden Zippers (antes de ser Más Birras) en el patio donde jugábamos a Churro va (lo del marro estaba bien, pero el churro va era más divertido y había más posibilidades de hacernos daño).

Y el cambio al nuevo colegio. De nuevo descubierta de espacios vedados.

Carreras de bicicletas en el “desierto” del Actur. Los autocares de Pina. A lo lejos Kasan y, más cerca, pero solo en el espacio, el colegio de las monjas.

Representaciones de teatro en las que habíamos jurado que no iba a haber ningún desperfecto. 

Una “semihuelga” que le montamos a Muzquiz negándonos a hacer un examen.

Las primeras chicas en el colegio. Que, por supuesto, estaban en la otra clase…

Es cierto, veinticinco años, no es nada. Pero estos veinticinco han sido los que nos han convertido en adultos. Hemos vivido las utopías rebeldes de la adolescencia, nuestros primeros desengaños amorosos, la lucha por conseguir nuestro primer trabajo, sequir estudiando cuando ya pensábamos que se había terminado. Matrimonios, hijos. Hemos hecho “la mili”, fuímos una de las últimas generaciones, que a algunos no nos afectó demasiado y a otros les arruinó la vida.  Hemos perdido amigos. Y poco a poco hemos ido entrando en la madurez que se nos supone, y, aún así, el sábado pasado, volvimos a los diecisiete (como Violeta Parra).

¡Hay que joderse, que mayores estáis todos! El diablo ese con el que firmastéis la eterna juventud ha debido dimitir, que le dáis mucho trabajo.

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