El márketin es cosa de niños.

Me llamo Santi, tengo siete años. Mi hermana tiene cinco.

Me ha despertado un tipo calvo y tirando a gordo que se parece mucho a mi abuelo, (debe ser alguien de la familia, porque es muy mayor), que dice que viene del futuro y que soy yo dentro de unos años (no se lo cree ni él, con el pelo tan majo que tengo ahora).

Dice que quiere que les hable a los del futuro de marketing, que es una cosa que dará mucho que hablar.

En fin, para que se vaya pronto daré dos ideas y luego que investiguen, que seguro que tienen unas enciclopedias buenísimas con fotos en color y todo.

1- La competencia no existe: y esto lo sabemos todos los que tenemos hermanos. Los niños somos atenciónadictos. Siempre queremos que los mayores nos hagan caso. Cuanto más caso mejor. Esto es fácil mientras eres hijo único, pero cuando nace el pequeño, hay que mantener el estatus.

Al principio pensamos que ya cambiará todo, que total, si es tan pequeño, no le harán mucho caso. Luego te das cuenta de que no, que ha venido para quedarse.

Bueno, sigue sin haber problema. Tú ya has marcado tu territorio. Sabes cuándo llamar, qué decir… pero, resulta que el moñaco es listo y lo que hace es… ¡Lo contrario de lo que tú haces!

De repente descubres que tu hermana pequeña está ocupando un nicho de mercado que tú habías dejado descuidado. Y lo ha hecho antes que tú, y tú no puedes comportarte como ella, ya que lo único que consigues es rechazo.

Resumiendo; La competencia no existe, lo que pasa es que tienes que buscar tu sitio.

2- Los papás no están para defenderte si “el nuevo” te ataca. Si discutes con tu hermana por el mismo juguete, lo que te puede pasar es que os lo requisen a ambos. Si tu objetivo es que ella no juegue, puede que te sientas ganador, pero, si realmente lo querías, has perdido.

Así que, sólo te queda una opción, negociar.

Eso que me cuenta el calvo este de los artistas y las descargas ilegales, que no sé lo que son, pero que está claro. Son hijos únicos que cuando tienen un problema “se chivan” a sus papás.

Agradezco a Neil Revilla la idea original.

Si vamos a trabajar, no me invites a comer.

Las comidas de trabajo siempre me han descolocado.

Me gusta comer y me gusta hablar, pero, no puedo hacer ambas cosas a la vez. Y no sólo por mi incapacidad manifiesta de coordinar dos movimientos simultáneos.

Es por un problema de comunicación. La comunicación no fluye mientras se come.

“Sabes…” cucharada, deglución, “… ayer comenzamos…”, cucharada, deglución. Pausa para trago (y paso atrás). Cucharada… ¿Quién sigue una conversación así?

¡Y cuando te toca hablar! Siempre te pilla con la boca llena, intentas tragar a toda velocidad y tu “oponente”, ante tu silencio, lanza otra pregunta.

Pregunta que no puedo responder, ya que estoy pensando si no me habré equivocado al pedir. Todos sabemos que está mejor lo del plato del otro.

O cuando te empiezan a dar datos que deberías anotar, y como el tenedor raya la pantalla de la pda… Si no se te ha manchado de vino o de sopa. En esto último soy especialista, incluso cuando ningún comensal ha pedido sopa.

No, durante una comida de trabajo no se puede trabajar. Hay que esperar, por lo menos, al café.

Hay otro momento gastronómico que debería ser evitado: cuando estás de pie y  llevas un bocadillo en una mano y una cerveza en la otra. No sabes que hacer con ellos, ni con las manos. Te parece de mala educación lanzar un bocado y no lo haces porque tu interlocutor no se decide a terminar las frases. Y cuando muerdes, es cuando termina la frase y espera tu respuesta. Y te pilla, con la cerveza calentándose, el bocadillo enfriándose y con ganas de terminar la conversación.

No, no me lleven a comer para hablarme de trabajo.