El final del verano.

La proximidad del otoño, además del comienzo del cole y el síndrome postvacacional, trae la temporada baja.

Es un buen momento para encontrar ofertas de alojamiento en sitios como Andorra.

Para el que no lo conozca, Andorra son un montón de montañas (algunas rondan los 3.000 mts), en las que hay, al principio del valle, una callecica con algunas tiendas.

Quién conozca Andorra sabrá que hay un montón de posibilidades sin necesidad de pisar una tienda.

Aprovechando la predisposición de las abuelas a cangurizar, la oferta de temporada baja y el último fin de semana vacacional, metimos las mochilas al coche y, p’Andorra.

Teníamos intención de recorrer un par de ferratas y, dudando entre repetir (yo) la Directissima al Roc del Quer (menos mal que no fuimos, un desprendimiento había imposibilitado el acceso). O repetir (ella) cualquier otra, nos fuimos a la de San Vicenç d’ Enclar, que no habíamos estado ninguno y, al menos, tiene una flecha que la indica.

Leer en la guía, tomar la salida de la rotonda, girar a la izquierda y volver a girar a la izquierda hasta encontrar de nuevo la calle por la que veníamos genera, cuando menos, dudas. ¿qué calle, por la que veníamos a la rotonda o la que hemos tomado para salir de ella? Así que, como hay una flecha indicativa la sigo y… en efecto. No hay ninguna indicación más. Giro a la izquierda y a la izquierda (conducía yo, como no veo bien prefiero concentrarme en conducir y que mis acompañante me lean los carteles), y aparezco en la calle por la que venía, pero mucho más allá.

Hice lo más lógico, volví a la gasolinera junto a la cual estaba la señal y me bajé a preguntar (sí, yo pregunto y mi mujer entiende los mapas).

En general no me suelo sentir absurdo cuando converso con desconocidos (salvo cuando la conversación se desarrolla en idiomas que no domino, inglés, francés, bieloruso, swahili y, evidentemente, andorrano).

– Perdone, para la ferrata de San Vicenç.

– ¿Qué quieres de la ferrata?

– Escalar

– ¿Con el coche? No puedes. Lo de escalar es en Encamp.

– No, que hay una vía ferrata aquí, que está señala en ese cartel de ahí. Y en este libro pone que debo buscar la calle Barrers.

– Tú lo que quieres es ir a Santa Coloma. Hay una buena excursión.

– Yo lo que quería es subir a San Vicenç.

– Vas a la Fiat, si dejas el coche allí se te lo llevará la grúa. Yo he subido muchas veces.

La conversación siguió por esos términos un rato más. La buena señora no se molestó en mirar, ni la señal ni el libro que le mostraba, sólo quería que fuera a Santa Coloma. En un arrebato, saqué el boquerel de super, se lo metí en la boca y pulsé el gatillo hasta que rebosó. Bueno, no lo hice, pero, como empezaba a pensar en hacerlo, busqué una excusa tonta para escapar.

– Ya, perdone, que el coche molesta, lo voy a retirar.

Me subí, aceleré y me fui de allí antes de que saliera Juan Ymedio con el ramo de flores.

Por suerte, unos chavales con pinta de montañeros (ropa de montaña, arnés, disipador y casco, detalles mínimos para nuestra capacidad de observación) nos confirmaron que la ferrata estaba ahí ( y no en Santa Coloma, qué fijación la señora, ya comprendo porqué los hombres no preguntan). Con lo fácil que sería si en la guía pusiera. Salimos de la rotonda, manteniéndonos en la calle de la izquierda y entramos en la calle sin salida.

Mira, hemos llegado.
Mira, hemos llegado.

Y, como los recorridos figuran en muchas guías, voy a poner unas fotos.

Para abrir boca.

Un pequeño techo.
No está sobreequipada, muchos pasos son "tocando roca".
Un ligero extraplomo, para terminar.
Un ligero extraplomo, para terminar.

Sólo un aviso, si mides menos de unosesenta, las grapas alejan algo. Si no estás habituado a la roca, no resulta muy cómoda.

Por la tarde intentamos acercarnos a otra, pero la incipiente lluvia nos devolvió al hotel. Así que, aprovechando que quedaba tarde y que teníamos el coche aparcado en un hueco que NO era zona azul, nos subimos al bus rumbo a Escaldes  (la callecica de las tiendas).

Es un gusto pasear por esa zona cuando llueve, sobre todo si llueve por la tarde. La gente desaparece. Así que, pasamos a visitar la farmacia La Borda (que para eso son de Zaragoza). Evitamos el Alpesport (siempre pillamos cuando vamos) y entramos al Viladomat (principalmente para descubrir que el submarinismo es muy caro y que no nos vamos a dedicar, de momento).

Con nuestros nuevos guantes para ferratas volvimos al hotel.

El domingo un pequeño paseo, El camí del gall.  Un paseo de naturaleza entre Soldeu y Canillo. Aunque intentaron convencernos de que lo ideal era salir de Canillo (o de Santa Coloma, no lo tengo claro), es mejor salir de Soldeu. Está más arriba, con lo que haces el camino de “bajada”. Se supone que puedes ver animalicos y eso, pocos, demasiada civilización cercana. Muchas plantas, que todos sabemos que se dividen en tres tipos:

– árboles: los que tienen tronco.

– arbustos: igual, pero más pequeñicos.

– Hierbas: todo lo demás.

La salida de Soldeu se hace junto a una hípica, así que el primer kilómetro se convierte en una gymkana esquivando mierdas de caballo.

Una vez recorrido, descubrimos que puedes salir de Canillo, tomar la variante del bosque y volver hacia Canillo, haciendo un recorrido circular.

Pero, si haces esa variante, te pierdes el puente:

Andorra siempre merece un viaje.

Engañando el fin de semana

Liar a Madclimber, para que embarque a toda la familia en un viaje al reencuentro de Benasque, es fácil.

Conseguir un apartamento “prestao” en Benasque, también es fácil (al menos si te queda algún amigo).

Encontrarte que son las fiestas del pueblo y que la orquesta toca bajo la ventana es una putada.

Aun así, pese a los kilómetros y las escasas horas de sueño, decidimos ir de paseo a Aigualluts. Lógicamente no llegamos, cometimos el error de sobrevalorar a los pequeños.

Comimos en la Besurta y, cuando decidimos que ya se habían empapado bastante, recogimos y a casa. Que estaban los hinchables y el monte no era importante.

Pero, claro, el hombre, de natural inquieto, no puede dejar de maquinar. Y, además, ¿qué pintamos nosotros en los hinchables, si no nos van a dejar subirnos?

“Ahora volvemos”. Y nos dirigimos a la Ferrata del Castellaso.

“”Recuerda, pequeño escalador, deja el coche en la ermita y toma un camino a la izquierda…””, o era: “” deja el coche antes de la ermita y ve hacia el barranco””, ya recuerdo: “”tira el coche al barranco y elévate sobre las nubes…””. S’igual. Dejo aquí el coche, que esa es la salida de la ferrata y ya bajaremos hacia el principio. Debo empezar a apuntarme lo que me dicen.

Llegamos al cartel anunciador de la ferrata; “lleve usted casco, disipador y arnés”. Llevar, llevamos, pero mejor si nos lo ponemos, claro.

Siguiendo la costumbre del día nos pasamos el inicio y casi nos enriscamos por la cantera. Hay que dormir más, hay que dormir algo. Desandar y autoepitetarnos y comenzar.

La ferrata discurre por una antigua cantera, por lo que el principio parece un poco tumbado, pero poco a poco va empinándose. Incluso algún paso extraploma. Profusión de grapas en algunos puntos y escasez en otros, no hay problema, buena roca y buenos agarres.

Salimos al coche, volvimos a casa, cervecica y, a pasar otra noche sin pegar ojo, deseando la eutanasia preventiva de todos los diyeis del mundo.

Asómate, asómate al balcón...