5 relatos cortos que se quedaron en las primeras frases

La última vez que vi a Juan, esta mañana, olía a pan y a muerto.

No a cadaver, ni a velatorio, ni a ese aroma que dejan los productos de embalsamar.

Era algo más sútil, como una mezcla de sudor nuevo y miedo antiguo.

Estaba recien duchado. Pero eso no enmascaraba el olor.

Apenas había atisabado la contradicción entre el pan recien hecho y el final absoluto que supone la muerte.

No me he dado cuenta hasta ahora. Contemplando su cadaver. Miro sin ver. Esperando tener una visión que me explique porqué yace en la camilla. He notado que su olor ha cambiado. Apenas percibo el olor del vodka que empapaba su ropa y el tenue perfume de su jabón de ducha. Nunca ha usado gel. Siempre pastillas. Eso le daba un olor tan especial.

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Que tu primer día de trabajo termine haciendo horas extras para descuartizar el cadáver de tu jefe solo puede traerte problemas con la empresa.

 

No es que se lo mereciera, pero tampoco hacía muchos méritos para evitarlo. Es una impresión un poco sesgada, apenas lo conozco y ya no podré ahondar en su personalidad.

 

Y la camisa nueva, que me la estoy poniendo perdida. A ver como se lo explico a mi madre. Con lo que es para las manchas.

 

En realidad, este señor no es mi jefe-jefe. Mi jefe-jefe es el tipo que está a mi lado resollando y mascullando “la que hemos liao, la que hemos liao”. Este es el jefe de mi jefe-jefe. Él lo llama “el joputa este”. Yo a él lo llamo el Jabalí.

 

Hay días en los que más vale no levantarse de la cama. Es una frase hecha tan común, que apenas le damos importancia. Seguro que cualquiera de nosotros tres lo está pensando en este momento, bueno, “el joputa este” no está para pensar, pero seguro que estaría de acuerdo.

 

Un trabajo fácil. Decían. Media jornada. Decían. Casi como ser funcionario. Decían.

 

El Jabalí es amigo de mi padre. Se llama Fausto, pero todos le llaman Faustinico. Medir casi dos metros y ser más gordo que alto no combina bien con el diminutivo.

 

Al parecer, un día llamó su abuela preguntando por él y descolgó el teléfono “el joputa este”.

Eso me ha contado la chica que me ha atendido esta mañana. O eso he creido entender, entre medias palabras, miradas y guiños.

 

Yo llevo todo el día llamándole señor, para evitar problemas.

 

Y después de ver como se las gasta, seguiré llamándole señor.

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El lado derecho de la cabeza latía de forma desacompasada. Los brazos, tanto tiempo inmóviles y aplastados, no respondían a sus intentos de moverse. No notaba las piernas.

Abrió los ojos cuando el dolor resultaba insoportable. El reducido campo de visión que tenía su ojo izquierdo y la oscuridad de la noche no permitían distinguir nada. Su ojo derecho estaba cubierto con un plaste en el que se mezclaba su propia sangre con sudor, arena y restos humanos.

Volvió a intentar abrir los ojos.

Sentía mucho calor en la espalda y había mucha claridad. No recordaba haber perdido el sentido.

El olor, a salitre y descomposición era insoportable. Se escuchaban ruidos, animales disputándose las vísceras de los cadáveres.

Recordaba el desembarco. La emboscada en la que habían caído y la lucha, interminable. No en ese orden. Los recuerdos tomaban forma, se confundían con otros y perdían el sentido.

Quizá estoy muerto, pensó, nunca he estado muerto y no sé que se siente. Pero si esto es el Walhala, los vikingos tenemos un sentido del humor que es una puta mierda.

Los agudos dientes clavándose en su muslo devolvieron la vida a sus extremidades. La penumbra y la falta de movilidad de sus brazos permitíó que el zorro escapase.
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No es fácil llamarse Íñigo Montoya.

No es fácil llamarse Íñigo Montoya y ser espadachín.

No es fácil llamarse Íñigo Montoya y ser espadachín y pasarte toda tu vida buscando al asesino de tu padre.

No es fácil, porque me llamo Íñigo Montoya.

Vivo en la Madalena.

Y mi padre es un señor de sesenta años, que trabaja en la  Balay y con una salud de hierro. La única posibilidad que tiene de morir es ahogarse en la fuente de la Plaza de España celebrando que el Zaragoza vuelve a primera. Así que tengo padre para años.

Llamarme Íñigo Montoya solo ha servido para que mis compañeros del colegio me tomen el pelo. Y para descubrir el florido vocabulario que exhiben, a la hora de buscar rimas fáciles e hirientes, justo quienes tienen menos facilidad de expresión.
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El plan era bastante bueno, con lagunillas, pero en general bastante bueno.

Quizá no habíamos valorado que entrar al establecimiento disfrazados de escoceses iba a resultar llamativo.

Tampoco habíamos podido ensayar, siempre teníamos algo mejor que hacer; comprar armas, planchar el kilt… todo importantísimo.

Nos habíamos prometido no hacer daño. A nadie.  Pero el frenesí del momento nos pudo.

Cuando encañoné a la dependienta con una dulzaina nadie entendía nada.

El desconcierto se agravó mientras buscaba la pistola.

Mi hermano comenzó a forcejear con un niño por una moneda de cinco duros.

Cuando conseguí encontrar el arma mi hermano estaba tirado en el suelo sujetándose la entrepierna mientras el niño le lanzaba puntapiés a las costillas.

El arrozal

Cho Ji permanecía oculto en el arrozal. La luna nueva y las nubes le ocultaban mientras observaba a los dos erráticos soldados.

Su acercamiento a la posición adecuada era lento y sigiloso. El soldado más cercano a él cambió de comportamiento. Parecía que olfateaba más que vigilar.

Ahora oía los continuos gemidos y olía el hedor que emanaban los soldados. Sabía que el General había relajado la disciplina, pero no imaginaba que les permitiera emborracharse y dejar de lavarse.

Estaba cerca, era el momento. Agarró al soldado del pie, lo derribó al suelo. Mano a la barbilla, cabeza hacia atrás, un solo tajo en el cuello. Lo había practicado tantas veces que le resultó extraña la poca resistencia que ofrecía la traquea.

No tuvo tiempo para pensar en ello, el otro soldado apareció a su lado. Demasiado rápido. Sus reflejos actuaron antes que su cabeza. Patada en el pecho mientras desenvainaba la katana. Un movimiento certero separó la cabeza del cuerpo. El soldado no hizo ningún intento de utilizar su espada.

Con el rabillo del ojo vió al primer soldado intentando incorporarse. Aprovechó la posición para decapitarlo.

El camino estaba libre. Hizo la señal convenida y lanzó los cuerpos al arrozal mientras esperaba al resto de su grupo.

Le sorprendieron los ojos velados y la piel purulenta de los soldados muertos, pero no había tiempo para pensar en ello. Tenían una misión que cumplir.

Aprovechó los escasos minutos de espera para vendarse la mano izquierda. El soldado le había mordido al degollarlo. Nada preocupante, ya le había pasado otras veces.

Enfermedad

10:00

Ha empezado a dolerme la garganta.

Mi esposa dice que podían ser anginas.

13:00

Mi dolor no ha remitido, pero mi exploración por internet ha despejado parte de mis dudas.

Meningitis o Síndrome de Jacobs Treswelling. ¡Gracias hipocondriopedia!

14:00

He probado la homeopatía. Llevo una hora chupando hielo, me duele más la garganta y tengo la lengua dormida.

15:00

Me he acostado, pero tengo sudores. Creo que la fiebre va a acabar conmigo. Tengo que echarme una manta más por encima, está claro que cuatro mantas y dos edredones no son suficientes.

17:00

He colocado una campanilla en la mesilla para poder llamar a mi mujer cuando necesite algo, ya que apenas tengo voz.

17:05

He necesitado un vaso de agua.

17:07

He necesitado que remetieran las mantas.

17:09

He necesitado que me pusieran la mano en la frente para ver si ha subido la fiebre.

17:12

He necesitado que me dijeran la hora.

17:15

Mi mujer ha venido sin llamarle, ha tirado la campanilla por la ventana.

He oído un portazo. Es mejor que se haya ido, así no corre riesgo de contagio.

17:30

Sigo teniendo frío. Voy a pasar a por mantas a casa de mi vecino.

17:40

Me he puesto encima toda la ropa de abrigo posible. Llamo a la puerta de mi vecino, no debe estar.

17:45

Estoy en casa de mi vecino, he tenido que entrar rompiendo una ventana. Me lo agradecerá; le ventilo la casa, demuestro que un caniche no es un perro guardián y, además, cumplo el deseo que expreso la última vez que nos encontramos: “no quiero verte más para no matarte”. Me quiere tanto.

18:00

Al salir de casa de mi vecino he encontrado un señor muy amable que se ha ofrecido a vigilar la casa desde dentro. Lo hubiera hecho yo mismo, pero mi estado febril es notorio y no puedo quedarme en una casa con las ventanas rotas.

18:30

Sigo sin poder dormir, los ruidos en casa de mi vecino han aumentado. Pasaría a decirle a aquel señor tan amable que baje la música, pero el peso de las mantas apenas me deja moverme.

18:32

Sigo sudando, creo que necesitaría más mantas.

18:45

He oido gritos y sirenas. La policía ha llamado a mi puerta. Cuando he podido moverme he bajado a abrir la puerta.

18:47

Estoy tendido en el suelo del recibidor con un puñetazo en un ojo. Mi vecino, siempre tan efusivo, ha intentando abrazarme, pero mi mala cara le ha hecho titubear y ha terminado impactando su mano en mi cara.

18:50

Mi vecino está en el suelo con un policía esposándole.

18:55

Me han introducido en un coche de la policía para explicar algo de un robo.

18:56

He pedido al policía conductor que suba la calefacción.

18:57

He pedido al policía conductor que suba la calefacción.

18:58

He pedido al policía conductor que suba la calefacción.

Me ha pedido amablemente que me calle. Le haré caso, creo que para él sería una molestia detener el vehículo, descender de el y administrarme un correctivo.

19:15

Descender del vehículo ha sido terrible. Me han expuesto al frío de la calle, sin ir, apenas abrigado. Menos mal que no me desnudé de nuevo al volver de casa de mi vecino.

19:20

Ya no me duele la garganta. Está claro que chupar hielo ha funcionado. Para que luego duden de los remedios tradicionales.

Parezco un culo de mal asiento.

Pero, en realidad, poco a poco voy centrándome.

Y con esta van… ni sé las mudanzas, pero creo que ya será la definitiva.

Después de estar un tiempo mezclando ideas y pensando qué quiero ser de mayor, mi personalidad múltiple ha decidido por mi.

Así que, para los asuntos serios, el Social Media, y la comunicación; escribiré en santipinilla.es

Y, para hablar de montaña, o de aquello que, sin ser menos importante, parece menos serio, seguiré por aquí.

Gracias por comprenderme.

Me molesta que me insultes.

Me molesta que me insulten. Sobre todo me molesta que me llamen tonto en la cara.

Y, la verdad, llevo unos días bastante enfadado.

– Reducimos la velocidad a 110, para consumir menos, que se están acabando las reservas mundiales. Pero, esto hace quince años que se está diciendo. ¿Se han dado cuenta ahora? ¿Y la capacidad de raciocinio de los humanos? Pues claro que un montón de imbéciles corren mucho, pero, les aseguro que a mi me cuesta cien euros más circular. No se preocupen, que correré menos. Y, pon un transporte público en condiciones, que tengo un autobús cada media hora y me cuesta cuarenta y cinco (45) minutos llegar a destino.

– Aconsejamos a los jóvenes irse a trabajar a Alemania, que necesitan gente preparada. Claro, los que pueden mover la economía, que se vayan fuera. ¡Con dos cojones!

– Dice el rey que hay que ir a estudiar fuera. Una forma sibilina de decir que la enseñanza en este país no vale para cascarla.

– Vamos a trabajar cuatro días a la semana, para ahorrar energía. ¿Quién va a trabajar cuatro días? ¿El comercio queintenta abrir hasta los domingos? ¿la GM? ¿O la administración? ¡Vamos, no me jodas! Que todos sabemos las facilidades que dan las empresas para la conciliación familiar, ¿cómo no van a poner su granito de arena en esto, que es tan importante?

– De la ley Sinde, no hablo, hay gente mucho más capacitada que yo para hacerlo.

– Pero, no pasa nada, la oposición tiene ideas mucho mejores. De momento parece que van a adoptar el hastag #psoecaca.

Luego dicen que lo de Egipto ha sido por la falta de libertades, pero yo me acuerdo, contínuamente del imbécil que fumaba dentro de un polvorín.

 

El insomnio es un bicho “mu” malo…

… no lo mata ni piedra ni palo.

Y te despiertas a media noche, o te cuesta conciliar el sueño.

Claro, lo primero que se te viene a la cabeza es que estás “disfrutando demasiado de la Nesspreso.

Pero sabes que no es cierto. Porque hace tres días que se han acabado las cápsulas de prueba y la Visa no te permite reponerlas (aún) y, porque todo el rato que llevas despierto estás pensando en el trabajo.

Así que, aunque eres propenso a las letras (y las financiaciones), sabes sumar y: No dormir bien + pensar en asuntos laborales= despertarte con “muchismo” sueño.

Hoy, en atención a mis amigos insomnes, y a los que no saben que lo son porque aún no se han enterado de lo de la crisis, voy a dar unos consejos gratis (para que nadie me achaque lo de “consejos vendo que para mi no tengo).

El principal problema que tenemos al intentar conciliar el sueño es que sabemos hablar. Es cierto, cuanta más soltura tienes en el manejo del lenguaje más pensamientos puedes hilvanar a la vez.  Te anticipas a sucesos futuros, eso te crea frustración y angustia. Repasas de nuevo tu actitud y entras en una espiral cada vez mayor.

¿A qué nos lleva esto? A comprender que si controlamos nuestro pensamiento controlaremos los sentimientos. Si no pienso en lo que me angustia, no me frustro.

Pero, contra un pensamiento no se lucha (¿A que no puedes no pensar en un oso polar?) Lo que hay que hacer es sustituirlo. Cambiarlo por un listado de recuerdos o proyectos que nos agraden. Mantener esa sustitución al menos durante 15 segundos, y, cada vez que nos apercibamos de que volvemos a caer en una espiral, sustituir.

¡Vale, estupendo! Sustituir pensamiento por pensamientos. ¡Te has cubierto de gloria! ¡Has inventado el hilo negro!

No, no he dicho nada que no se pueda hacer, pero, hay que practicar. Y para practicar, ejercicios:

  • Restar de tres en tres, no elijas un número pequeño, al menos cinco cifras.
  • Sumar matrículas (esto es difícil hacerlo en la cama, claro, pero puedes pasar tu insomnio asomado a la ventana).
  • Cualquier operación matemática (raíces cuadradas, porcentajes, multiplicaciones y divisiones de varias cifras)
  • Citar diez elementos de un conjunto.

¡Oiga, oiga, oiga! ¿ Y los de letras, qué?

  • Deletrear palabras al revés.
  • Externalizar, verbalizar, describir con detalle lo que oímos o sentimos en nuestro exterior)

Y, sobre todo, no olvidar nunca la frase que puede marcar la diferencia entre el sueño reparador y la noche tortuosa: ¿Qué importancia tendrá esto para mi dentro de un año?

Pues nada, que tengáis felices sueños.