No soy valiente. Soy estalentao.

Ayer me volvieron a decir que era un valiente por mi manera de afrontar la enfermedad.

La primera vez me lo dijo mi prima, poco antes de la operación. O poco después, no importa mucho.

Ayer me lo dijo una amiga. Le tienen que hacer unas pruebas, y, aunque la conversación fue mediante mensajes de texto, noté su preocupación.

Y me dijo que consideraba que yo era un valiente.

Creo que ambas se equivocan. De hecho soy bastante cobardica.

Pero es muy fácil parecer valiente.

Lo cuentas en redes, para recibir el apoyo de la gente. Y lo recibes, multiplicado. Hasta de quien no imaginas.

Y como ya lo has contado, evitas conversaciones molestas. Molestas, sí. Porque son molestas. El boca a boca funciona, y si hablas con alguien que ha oído algo, tienes la sensación de que quiere preguntarte pero no se atreve. O te ves en la obligación de contarlo todo. Y no siempre apetece. Y no siempre tienes el cuerpo, y la voz, y las emociones preparadas.

Te escudas en el humor. Eso lo hace llevadero casi todo.

Es un humor ácido, te ries de todo, llegas a escandalizar. Pero si yo me río no dejo posibilidades al dramatismo. Quien quiera compadecerse de mi (y hay gente que hace del compadecimiento y el drama una forma de vida) que salga llorado de su casa.

Tomarte la enfermedad con humor te ayuda a pensar en ella de forma diferente. Estás continuamente haciendo ejercicios mentales. Sobre todo para los que tienes cerca. No es bueno contar el mismo chiste continuamente.

Y parece que eres valiente. Hablas abiertamente de un tumor, de un cáncer. Y te ries de tu enfermedad. Y desdramatizas.

Y no es valor. Aunque lo parezca.

Desde el primer momento asumes que lo peor que puede pasar es que te mueras.

Ese sería un resultado bastante malo. Pero es un resultado muy cómodo. Dejas los papelicos arreglados. Y ya está.

Sabes que cuando se acerque el momento tendrás dudas, y lo pasarás mal. Pero no puedes hacer más.

Naces, creces, te reproduces y se te lleva un puto cáncer por delante. “Ha luchado hasta el final”. “Era un valiente”…

No, yo no soy un valiente. Ni lo hubiera sido.

Valiente ha sido Marisa. Que me ha acompañado a las pruebas. Que ha estado a mi lado continuamente. Que es capaz de anteponer mi bienestar a su puesto de trabajo.

Valiente es ella. Que se quedaría con un vacio. Con dos hijas pequeñas a las que tendría que dar explicaciones. Con un montón de armarios llenos de ropa. Con un montón de recuerdos. Que perdería miradas cómplices. Y chistes manidos pero que aún arrancan una risa. Y que pese al panorama, no flaqueó en ningún momento.

La valiente es Marisa. Que no se ha dejado arrastrar por el dramatismo. Que ha mantenido la sonrisa. Porque sabía que me hacía bien. Aunque por dentro todo fueran preocupaciones y dudas.

Y yo, lo único que hacía, era parecer valiente.

Pero por no desmerecer de ella.

Por suerte, todo se ha resuelto bien. Y os puedo decir que no, que yo no era el valiente.

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Mind’s power

Lo curioso del cuerpo humano es esa ligera disociación entre física y psíquica.

Da igual lo fuerte que sea nuestra mente, si el cuerpo no puede responder al esfuerzo que se le exige, sucumbirá.

Y viceversa, un cuerpo muy fuerte puede hundirse si la mente no cree en sus capacidades.

En mi caso está todo “desordenao“.

El cirujano me dijo que hiciera vida normal, y yo, por vida normal, entiendo lo mismo que hacía antes de la operación; correr veinte kilómetros, pegarme una “panzá” de monte, vamos, lo normal.

Pero se me generó la dicotomía. La cabeza me pedía más y el cuerpo me respondía. Y entró la tercera en discordia, la prudencia. “Descansa. Baja el ritmo. Déjalo para mañana. No fuerces tanto…” ¡Qué pelma es la pobre conciencia!

Y en esas estaba peleando física y psíquicamente contra mi prudencia cuando me hicieron una oferta: “no voy a correr mañana la del Roscón, ¿quieres el dorsal?”. Mi cuerpo dijo . Mi cabeza dijo . Y mi prudencia dijo… ¿qué dijo? ¿Quién quiere escuchar lo que dice la prudencia, cuando puedes correr una 10k?

Vale que hace apenas un mes que he salido del quirófano. Vale que llevo desde octubre sin entrenar. Vale que no las tenía todas conmigo. Pero…

10 kms en menos de una hora. Con buenas sensaciones. Con fuerzas para apretar en el último mil.

Y la alegría de entrar en meta con mi amigo Pacheco. (Si no es por sus problemas gástricos no lo consigo).

Para empezar el año haciendo vida normal.

 

Decir las cosas.

Cuando conté mi dolencia (¿A que así parece menos?) en Facebook algún amigo me dijo que era un poco bruto. Que había dado un revolcón al sistema. Que había quien se había dado cuenta de que todo no era Candy crush y fotos de gatetes.

Lo cierto es que lo hice con dos motivos.

El primero, el lógico. Avisar en una sola vez a todos mis amigos. Contárselo a la familia ya me agotaba bastante y se me hacía muy cuesta arriba.

El segundo, el experimental. Si puedo decir que estoy resfriado puedo decir que tengo cáncer.

No sé si alguien se habrá molestado. No me lo han hecho saber. Pero tampoco me preocupa mucho. Si así ha sido, lamento su desapego de la realidad.

Operación

OPERACION

Llegó el día, no por esperado menos temido.

Ingresas por la mañana e intentas mantener la compostura hasta el momento de quedarte sólo.

Intentas dormir, pero no puedes.

Y al final vomitas. Por nervios, no por otro motivo.

Y te quedas descansado.

Y duermes mal.

Y te despiertas, te desnudas, te llevan a una sala llena de enfermeras, muy amables.

Y estás desnudo en una camilla.

Y la anestesista también es muy amable.

Y te despiertas en la misma sala de antes, o una parecida. Más vestido, pero no menos desconcertado.

Y te llevan a tu habitación. Me ha tocado individual y con terraza.

Y no puedes moverte. Y no quieres moverte.

Y tienes un trozo de intestino menos. Y tienes cuatro incisiones más.

Y vuelve el run-run.

Y el cirujano pasa y te dice que ya está hecho, que ahora todo a mejor.

Y, por fin, quince días después ya no tienes grapas, ni casi dolores, y has vuelto a comer de todo.

Y, aún así, hay días en los que pienso que, en realidad, no ha pasado. Que no era yo el de los puntos, ni el del tumor.

Y seguimos poniendo buena cara, porque, al menos, he tenido la suerte de un diagnóstico rápido.

El run-run

No , no voy a hablar de correr.

El run-run es un atropello de pensamientos.

Después de la colonoscopia nos dieron un sobre cerrado y un mensaje “mañana a las ocho consulta”.

Desde ese momento hasta la consulta posterior al TAC estás dando vueltas a ideas.

Algunas positivas: es poca cosa, hay una tasa de supervivencia muy alta, lo han encontrado a tiempo.

Otras negativas que se resumen en ¿y ahora qué?

Y mucho, mucho tren de ideas: aún tengo la caravana a medio hacer, no voy a poder preparle la bici a la chica, espero que el seguro de la hipoteca cubra esto, si el pentagrama sirve para la música y para invocar al diablo ¿no se estarán equivocando los satánicos de dibujo?…

Y también están los sentimientos de culpa. Esto va ser porque esos días que estaba deprimido pensaba que no valía la pena seguir luchando. ¿por qué me pasa a mi que no le deseo mal a nadie?

Puede que los creyentes acepten señales divinas, yo no. Ni acepto señales divinas, ni determinismos. Si dios existe, acaba de demostrar que es un cretino.

Hoy, además he repetido cinco veces la historia. Hay que ser fuertes y tener ánimo, pero en este caso repetir no exorciza, sino todo lo contrario. A base de verbalizarla la he interiorizado. Hoy lo he pasado mal, porque intentaba contarla sonriendo y haciendo bromas, pero los ojos se me aguaban.

Al menos me quedan muchos años de práctica como montañero y judoka. Dos deportes en los que la resistencia y la fuerza mental son más importantes que la parte física. Menos mal, hoy pesaba 72 kilos.

Un par de días malos.

El lunes tuve apetito, últimamente no era muy común.

Guiso de pollo con todas las verduritas batidas en el caldo. Sigo siendo vegetófobo, pero me dejo “engañar”.

El lunes por la tarde no encontraba una postura que me aliviase. El lunes por la noche no pude dormir. El martes por la mañana no pude levantarme…

El miércoles pensé que dos días sin comer eran demasiado e intenté comer media manzana, la vomité entera (esto es un juego de palabras, para desdramatizar).

El jueves tuvimos consulta con el cirujano. Utilizo el plural. La enfermedad es mía, pero el desasosiego es compartido. Me explicó algo que no sabía, el intestino delgado propulsa los desechos, y con bastante fuerza. El tumor, Arturito, no está anclado a ninguna parte, así que la fuerza de propulsión lo empuja, retuerce… Solución, comidas poco copiosas de bajo residuo.

El martes visita con el anestesista.

Progresamos adecuadamente.

 

Esto se arregla cortando y pegando.

Jueves, de nuevo.

Tres centímetros, ulcerado, cortar y empalmar. Como resumen no está mal. Quitamos de aquí, estiramos, empalmamos.

Luego me tirará la sisa o algo, pero me han dicho que hay metros de sobra, que no me preocupe.

Es buena noticia. No afecta órganos cercanos no es muy grande y, además, hemos tenido suerte.

Si no se invagina y ulcera no hubiera provocado molestias, y no se hubiera buscado.

Ei viernes pasó a comité de tumores (vaya nombre) y la semana que viene nos dirán fechas de ingreso.

Al menos mortal, mortal, no es. Aunque me voy a morir, como vosotros, por oxidación, de esto hay posibilidades de librarse.

Hoy toca, además contárselo a mis hijas. A las pequeñas les he dicho más o menos lo que hay, que tengo un bulto en la tripa, que me lo van a quitar y que igual me tienen que poner unas medicinas para que no vuelva a crecer.

La peque me ha dicho que ya estoy muy delgado, que si es un bulto se tenía que notar.

La familia ya se ha ido enterando también. Ya he recibido llamadas de tipo “monólogo melodramático”, de esas que, cuando necesitas mantener la moral alta, te conducen a pensar en el suicidio.

El jueves que viene, más.